Um debate sobre trabalho
e dignidade

Antonio Rezk e Guillermo Ferschtut

Este texto é um início de debate entre Antonio Rezk e Guillermo Ferschtut sobre as conseqüências psicológicas do desemprego. O debate ocorreu através de e-mail, pela lista de discussão de psicologia da Interpsic, mantida por Marco Aurélio Velloso.


Trabajo y dignidad

Guillermo Ferschtut (Buenos Aires)

Varias son las formas, fortuitas algunas de ellas, para salir de la pobreza pero no hay ninguna que sea tan dignificante y duradera como el trabajo, como el esfuerzo personal y de grupo para lograr la propia superación y el bienestar al que aspiramos todos los seres humanos.

Capacitar a las personas para el trabajo es colocarla en la ruta de su propia dignidad así como el desempleo y el subempleo es quitar o restarle capacidad en su desarrollo integral como ser individual y como miembro del grupo.

Hay un juguete que puede ser un perrito o un animal que está hecho de pelotitas generalmente de madera y atravesadas por un hilo que cuando se afloja ese hilo de la base el juguete se viene abajo y cuando se tira ese hilo se rearma y toma la forma del animalito. Tomo este modelo como ejemplo de la organización del yo cuando están tensos los hilos del trabajo de la dignidad y de la sublimación. Cualquier falla en estos aspectos debilita ese hilo integrador y la figura comienza a desmantelarse.

Debemos considerar al hombre primero como un ser social no solo como un individuo está desde el comienzo integrado al grupo primario que lo define y determina. Es desde allí que debe de colmar sus satisfacciones básicas y en donde se aprenden los patrones los modelos de conducta a través de las identificaciones con los rasgos de sus objetos con los que ingresa a la cultura donde va a proyectar a su vez sus ideales y las aspiraciones a alcanzar.

Estas conductas en función del manejo de sus impulsos biológicos, ya sean a través de la satisfacción o frustración poseen también deseos y necesidades provenientes de la vida en comunidad que le son transmitidos no solamente por su interacción sino por la herencia de sus representaciones.

El clima emocional que va a prevalecer en su actividad es uno de los factores principales del rendimiento en su desarrollo y en su porvenir tanto como el estado de su salud física es importante su integridad emocional.

Cuando el hombre modela una vasija de arcilla organiza instrumentalmente en el afuera un estado interno de vasija que a su vez también es modulado y que le permite organizar la idea de un continente que va albergar contenidos. Es así como Hegel decía: "el hombre al actuar sobre la naturaleza para cambiarla, cambia su propia existencia, su propia naturaleza".

Todos los estímulos con las dificultades que provengan del medio ambiente desde lo socio cultural además de las naturales van a tener efectos sobre el sujeto de acuerdo con la manera en que es elaborada esta relación en la estructura de su personalidad.

Acerca del trabajo

La falta de trabajo, al no ser ellos necesitados por alguien, de alguna forma parece ubicarlos en una zona de la sociedad que les anticipa la muerte, la muerte civil, el ser que no es, es in- visible e in- servible.

Des- hecho viviente, que al perder un lugar casi siente que perdió todos los lugares, casi todos los roles, casi todos los amigos, o todos los amigos.

Nada es igual que antes. Pueden prescindir de él, y al no sentirse valorado por algo que hace, ofrece, o da, no hace ni transforma y pierde valor. El valor de seguir siendo, cuando necesita más valor que nunca, al no ser lo que era teniendo que ser otro diferente.

Al no tener el aprecio de quien lo aprecia, se siente de- preciado, sin precio, regalado, queda ciego de sí mismo ya que al no verse a través del otro y al sentir que el otro no lo ve no lo necesita, tampoco se ve a sí misma.

También pierde imagen ante los suyos y la propia imagen con la que se imagina que será imaginado en la mente del otro, el otro, que al no verlo se fue de la mirada que le tenía.

Al perder el espejo del otro, deberá de re- encontrarse en algún otro, que en todo caso finalmente debería ser el mismo pudiendo verse de nuevo.

Esa será la nueva visión con que es posible que vea a los demás en el grupo, el mismo grupo a quien a veces no quiere ver porque verse en aquél grupo de los sin trabajo, le recuerda su condición.

Se siente un desperdicio, no necesitado, y por lo tanto inútil fuera de aquellos que sí son necesitados y entonces se siente desplazado, exiliado, sin plaza ni lugar posible. Expulsado, lo pulsan para afuera analmente por inservible, como un alimento a quien le han sacado su energía y lo convierten en fecal.

Entonces el otro es des- agradecido, des- considerado, con aquel que es olvidado y que pasa a ser olvidable ausente de la mente del otro generalizado.

Hay un des- encuentro consigo mismo aparte del des- encuentro con los demás porque además de la pérdida él mismo se siente perdido en el tiempo y en el espacio.

ΏDónde buscar, entonces, los referentes que le permitan re- encontrarse con los aspectos más valiosos, valorados y estables de su identidad?, Identidad que le permitiría reconocerse como idéntico a sí mismo a través de tiempo y de las circunstancias de la vida, re- encontrarse y seguir siendo él mismo, es seguir siendo el mismo y entonces, la palabra él, pasa de ser de un artículo gramatical, a un pronombre necesario para designar el lugar que le corresponde al hombre.


Resposta de Antonio Rezk

Meu caro Marco Aurélio,

Li o artigo do Dr. Ferschtut – Trabalho e Dignidade. Pedem-me que o comente. Prometo para este fim de semana mandar o meu comentário um pouco mais detalhado. Por enquanto espero que se contentem com esta modesta observação.

É natural que quem, na sociedade do trabalho, esteja "despojado" do emprego, sem alternativa outra para a garantia da sua subsistência minimamente digna, se sinta infeliz, destituído de qualquer dignidade. Porém, a dignidade do homem está no trabalho ou está na sua libertação desta dependência? Sem dúvida, o homem excluído do sistema econômico dominante, transforma-se num ser marginal, ficando psicológicamente demolido. Porém, o que ele sente é a falta de trabalho ou a falta das condições de subsistência? Esta questão deve ser vista sob um prisma gnosiológico mais profundo e liberto dos condicionamentos ideológicos que uma farisaica ética religiosa e mercadológica impôs aos indivíduos. Sob este aspecto, o artigo do Dr. Ferschtut vem marcado pela ideologia do trabalho, ideologia que precisa ser destruída, para que os homens se libertem do jugo de uma economia política a eles imposta, desde a fundação da civilização.

Só para adocicar: se só o trabalho dignifica, como explicar a glorificação de uma mulher cuja única produção foi a de ter gerado um herdeiro ao trono britânico, quando milhões de outras morrem esquecidas sob um trabalho estafante?

Quem é mais digno, o trabalhador que produz a riqueza dos potentados, ou os potentados que se apropriam da riqueza que o trabalhador produz? O trabalho livre pode ser dignificante, mas só se ele for efetivamente livre. Com exceção de algumas atividades liberais ou artísticas ou esportivas, em que o indivíduo se enriquece, digamos assim, por seus méritos ou habilidades, o que, neste caso, não é trabalho produtivo no sentido pleno da palavra, é possível que alguns homens possam obter o seu sustento através de uma produção autônoma. A grande massa trabalhadora sempre viveu nos limites da pobreza. Abaixo desta linha, é a miséria. Para sair da pobreza e criar um patrimônio que dê dignidade e bem estar nos padrões hoje conhecidos, (...para lograr la propria superacion y el bienestar al que aspiramos todos los seres humanos) o indivíduo terá que acumular riqueza, e riqueza duradoura – para usufruir de uma tal liberdade de vida, que lhe permita realizar-se na plenitude da sua individualidade, única forma do homem fugir da depressão existencial. Na vigência da civilização do trabalho, isto só é possível quando um indivíduo acumula um patrimônio explorando e se apropriando do trabalho de vários outros indivíduos, jungidos, pela necessidade – antes era pela força – a trabalhar para outrem. Onde fica a dignidade?

Logo, capacitar a las personas para el trabajo - na simplicidade colocada no referido artigo – es colocarlas en la ruta da acumulação do capitalismo mundial ao qual essas personas servem, servindo-se elas, no entanto, minimamente do sistema que as exclui quando delas não mais precisa. Onde está, então, a dignidade? Onde está, então, a razão da depressão, do aniquilamento, do não ser, do homem não homem, do indivíduo transformado em produto fecal?

No entanto, será preciso que os homens – ou a parte submissa deles – continue trabalhando... até que as condições permitam liquidar com a civilização do trabalho.

Mas esta é uma outra história a ser contada qualquer dia desses...

Pretendi apenas escrever algumas linhas, deixando para depois uma análise mais extensiva. Porém, acabei indo para além do que pretendia, sem, no entanto, esgotar esta questão. E não pretendo esgotar a questão, nem ser um panfletário. Mas, prometo voltar ao assunto, comentando mais detalhadamente o artigo do sr. Ferschtut... e para além de uma simples análise marxista.

Até lá, honra e glória aos que trabalham... principalmente aos que ditam as regras do mundo.

Saudações ao meu caro Marco Aurélio e aos que com ele compartilham deste forum.

Um grande abraço.
Rezk


Resposta de Guillermo Ferschtut

Por fin he recibido un comentario sobre el articulo del trabajo. Le agradezco al Dr. Rezk su comentario, con la promesa de que lo va a ampliar y alli espero poder contestarle con un poco mas de detalle.La critica es un excelente camino para el dialogo, un pequeño detalle, la dignidad como bien dice el Dr. va mucho mas allá del trabajo, pero tiene que ver con el reconocimiento propio y del contexto acerca de nuestro ser y existir, el reconocimiento re-conocimiento hace al sentimiento de identidad, que se altera cuando una persona es expulsada de su lugar, como si hubiese cometido algo malo. Creo que esa es la razon por la cual las personas que pierden su trabajo se averguenzan de su situacion y se esconden de su medio. Se suele suponer que si lo despiden por algo sera que lo habran hecho.

La dignidad y la autoestima son partes del mismo proceso de aprobacion del propio superyo, proyectado en el medio social en un lenguaje inconsciente, de manera que la culpa que acompaña a esas situaciones tiene una accion paralizante y en relacion con el trabajo de duelo.

Nosotros en los grupos de desocupados con los que tratamos, lo primero que les aseguramos es que no seran despedidos del grupo cualquiera sea el tiempo que demande la elaboracion de su situacion personal de reinsercion. De todas maneras si se confunde trabajo con dignidad como sinonimos pido disculpas por la redaccion y espero que sigamos comunicados y no me despida de su interes en el tema. gracias Ferschtut


Comentário de Marco Aurélio Velloso

No debate que se inicia entre meus dois grandes amigos – e meus mestres – Ferschtut e Rezk, quero, humildemente, "meter minha colher".

Estava aguardando os comentários adicionais deste último, na expectativa de poder intrometer-me com mais competência...

Mas a ansiedade é difícil de segurar. Por isso, começo a mexer meus pauzinhos...

Creio que nos vemos, mais uma vez, diante desta difícil encruzilhada da condição humana, inseridos como estamos numa dupla historicidade: a da verticalidade e a da horizontalidade.

Ferschtut, o psicanalista brilhante, foi meu mestre inesquecível na compreensão da verticalidade. Rezk, o marxista teoricamente sólido e aberto à compreensão dos fatos, a partir de meus primeiros contatos com o MHD, representou para mim um refúgio de lucidez para compreender estes processos desorientadores da globalização, com todos os seus efeitos, traços marcantes da horizontalidade nestes dias de fim de século.

E assim como somos, enquanto sujeitos, produtos desta interseção de verticalidade e horizontalidade, vejo-me, agora, diante destes dois homens que admiro, cada um trazendo à tona a ênfase em uma dessas duas dimensões.

Explicando melhor: somos seres históricos numa dupla dimensão. Somos históricos individualmente, e somos históricos coletivamente. Somos históricos individualmente – e é essa a grande contribuição de Freud para a compreensão de nossa espécie – na medida em que não é possível compreender a individualidade da vida psíquica sem compreender que é dos desdobramentos da dialética quotidiana de nossa interação com os outros, desde o útero materno, que nos construímos, ao mesmo tempo em que fomos e somos construídos na nossa identidade.

Somos históricos coletivamente – e é essa a grande contribuição de Marx para a compreensão da nossa espécie – na medida em que não é possível a vida dita civilizada sem se compreender a dialética das lutas entre os seres humanos que determinam os processos históricos tanto sociais, quanto econômicos e políticos, através dos quais buscamos domínio sobre o mundo e estabelecemos as formas de apropriação e distribuição de riqueza nas diversas formações sociais que se sucedem.

Ocorre que estas duas dimensões se imbricam, a cada momento. O coletivo, com sua força imperativa, interfere a todo momento na construção da vida psíquica, na moldagem das identidades. Ao mesmo tempo, é através de nossa praxis individual que interagimos com os outros seres humanos, e damos dimensão histórica, do ponto de vista coletivo, às nossas condutas individuais.

Neste debate que, espero, esteja só se iniciando, vejo Ferschtut trazendo toda a aporia do clínico diante de seus pacientes. Qual médico de trincheira, pergunta-se: o que fazer com esses homens, massacrados na sua dignidade, diante do impacto destes imperativos históricos?

E vejo Rezk dizendo: não se esqueça, a luta tem uma perspectiva mais ampla. Não podemos só pensar em libertar o homem de suas mazelas presentes, precisamos pensar historicamente, a longo prazo, e não esquecer que a luta tem uma dimensão mais ampla, que pressupõe a libertação do homem do jugo da exploração!

Certo, aceito o que ambos me dizem.

Se releio as hipóteses de Marx, quando fala da tendência decrescente da taxa de lucro, não posso deixar de ver ali uma antecipação do inexorável, e me preparo para compreender que nenhuma mudança histórica de envergadura ocorre sem cobrar um alto preço em suor, sangue e lágrimas.

Se releio as últimas páginas de Engels em Origem da Família, da Propriedade Privada, e do Estado, e penso no futuro da sociedade globalizada da informação e do conhecimento, vejo ali uma antecipação atualíssima do que poderia ser a sociedade visualizada por Rezk.

Mas quando me deparo com as pessoas que me procuram, desarvoradas com a violência que se abate sobre elas, fico indignado como Ferschtut, e me pergunto, tentando superar minha impotência, sobre o que fazer.

Tento, nos meus limites, contribuir para que possam refletir sobre esta realidade. Tento apoiá-las para reforçar sua auto-estima pisoteada, tento fazê-las ver um pouco além do imediato, tento estimulá-las a adquirir novos instrumentos que lhes permitam a sobrevivência neste ambiente competitivo.

Às vezes, como profissional liberal, produtor independente de serviço neste mundo capitalista, me sinto sem a dignidade de Rezk, porque me vejo muitas vezes "sem trabalho".

E tenho tanto trabalho!!!! Para agüentar, primeiro, eu mesmo, esta realidade tão dura e árida. Para desempenhar meu papel de contribuir com os que vêm a mim pedindo ajuda (Quem sabe, às vezes penso, não foi lá uma boa idéia ter, num maldito dia, montado um tamborete, sentado nele, e dito: tragam-me a sua loucura!)

Como dizia Freud, quem chama os fantasmas, depois tem que se haver com eles…

Por tudo isso, é que me surpreendo com a pouca importância que se dá, nos dias atuais, ao conceito de anomia.

Na verdade, se estamos caminhando para uma sociedade nova, o que vivemos hoje é a civilização da anomia, por mais paradoxal que possa parecer esta expressão.

E este fato tem importância imensa, tanto do ponto de vista coletivo quanto individual. Porque está na base da loucura do mundo em que vivemos.

Continuo aguardando o próximo capítulo do Rezk.

Marco Aurélio


Considerações sobre trabalho e dignidade

Antônio Rezk

Se Mestre Peixoto vivo estivesse, ele diria: Meu amigo, não há dignidade maior do que a do homem que desafia o seu próprio destino e o transforma, transformando-se com ele. (De um romance inédito.)

Meu caro Marco Aurélio Velloso,

Como você me solicitou que comentasse um texto do Dr. Ferschtut, de Buenos Aires, intitulado "Trabajo e Dignidad", até mesmo me citando a sua própria experiência com um grupo, onde constata a sensibilidade pela questão da auto-estima, levando as pessoas, envolvidas por um mesmo problema que as afeta igualmente, a estabelecerem uma solidariedade muito forte entre elas, permita agora que eu dirija este escrito para você, e a partir de você, para o Dr. Ferschtut e para o grupo do "Interforum", e para quantos mais o queiram ler.

Quando o Dr. Ferschtut, dirigindo-se a mim, usou o tratamento de "el dr.", senti-me "VIP", quase me senti um douto.

No entanto, para que amanhã ninguém me acoime de uma apropriação indébita, será melhor eu explicar a origem desse meu doutoramento, do qual, por sinal, me orgulho. Orgulho-me desta "titularidade", própria de um país de doutores, pela simples razão de que este "doutor" não me foi outorgado por nenhuma Universidade, nem brasileira, nem estrangeira; simplesmente este título de "doutor" me foi atribuído pelo meu grande amigo Marco Aurélio Velloso. E como, para mim, o Marco Aurélio vale mais do que todas as Universidades juntas, segue daí o meu orgulho. Disto segue também que, da maneira como se formou esse doutoramento, o meu modo de pensar não é muito ortodoxo, nem a sua forma de expressar-se é acadêmica. Aqueles que me lerem, tolerem, em conseqüência, as heresias... , ainda mais quando sou levado a opinar sobre uma atividade muito específica como a da psicologia do trabalho, ou, mais grave ainda, tendo que investir "indevidamente" para um campo que está para além da própria consciência do ser, - – metendo-me a psicanalista ad hoc. Com isto, o Marco Aurélio me faz mais parecido com curandeiro do que com o sábio que ele pretende que eu seja... Bela enrascada em que ele me colocou. Ainda mais quando ele gerou uma expectativa para além do meu próprio saber.

No fundo, ante uma crise social profunda, que afeta a existência dos indivíduos, estamos todos procurando entendê-la no seu sentido histórico. E buscando caminhos para superá-la.

Por isso, meu caro Marco Aurélio, quando você antecipa meu pensamento sobre uma visão macro-histórica do processo social, ao mesmo tempo em que manifesta a sua ansiedade ante o desespero das pessoas que o procuram "desarvoradas com a violência que se abate sobre elas", ficando indignado, e com razão, assim como o Dr. Ferschtut, ante uma situação precária que lhe dá um sentimento de impotência, – além de sentir a sua aflição, qual médico ante a morte – percebo-o como se estivesse me chamando a atenção para o imediato. É como se você estivesse me dizendo: "Olha Rezk, não adianta o blá blá blá, destituído de ação. Tanto quanto teorizar, é preciso agir... Que fazer?" Que milagreiro eu seria, se tivesse esse dom, de ter receitas acabadas para as crises sociais. Que milagreiro eu seria, se tivesse o dom de mobilizar milhões de indivíduos no mundo para mudarem a sua história... Porque, no fundo, trata-se disto: mudar radicalmente a sociedade, para superar a sua atual "anomia", como você define o momento presente. Eu poderia simplesmente gracejar com uma metáfora: se a doença é fatal, não adianta amaldiçoar a morte. É melhor consolar o doente, e juntar forças para destruir as causas da doença. Ou juntar os vivos para combater os mortos. No entanto, concordo. Existe uma ansiedade latente que desespera os indivíduos ante um porvir nebuloso. Não se trata de um conflito dentro do sistema para decidir quem controla o sistema. Este também está presente. Mas sobre ele paira uma indefinição da própria história na sua continuidade racional. Ou, como escreve Giovanni Arrghi, ao final do seu "O Longo Século XX", parafraseando Schumpeter: "antes que a humanidade sufoque (ou se refestele) na masmorra (ou no paraíso) de um império mundial pós-capitalista, ou de uma sociedade de mercado capitalista mundial, é bem possível que ela se inflame nos horrores ( ou nas glórias) da escalada da violência que acompanhou a extinção da ordem mundial da Guerra Fria. Nesse caso, a história capitalista também chegará ao fim, mas voltando de forma vigorosa ao caos sistêmico de que partiu há seiscentos anos, e que foi reproduzido em escala progressivamente maior a cada transição. Se isso significaria o fim apenas da história capitalista, ou de toda a história humana, é impossível dizer".

Como vê, meu caro Marco Aurélio, a percepção da crise não é só nossa. Fosse apenas nossa, e estaríamos confundindo, ou projetando, sobre a sociedade uma crise da nossa desadaptação individual. Logo há uma crise histórica para ser desembuchada.

De qualquer forma é preciso agir. Porém, sem conhecimento a ação será inócua. E sem sabermos para onde conduzir o processo, não chegaremos a lugar algum. Nem salvaremos as vítimas. Ou, como diria um velho chavão marxista: sem teoria não há revolução.

Por isso, no que me toca, procuro conhecer o processo histórico para conhecer o sistema. E procuro conhecer o sistema para atacá-lo nos seus princípios ideológicos. É apenas sob este prisma que comento o texto do dr. Ferschtut e analiso o princípio ideológico do trabalho.

Esse bla bla bla inicial vem a propósito do seu texto, Marco Aurélio, – o lugar do sujeito – que terminou por me obrigar a reescrever os meus modestos comentários ao texto do Dr. Ferschtut, provocando estas lautas laudas. Azar de quem as vai ler, se tiver saco para isso.

Todos nós já sabemos que a sociedade vive uma crise profunda. Você está certo. Nesta fase da história, vivemos a civilização da anomia. Esse desregramento social se abate, logicamente, sobre as unidades vivas da sociedade, que são os homens. Não fossem estes afetados na sua "existenciabilidade" – nada como um neologismo – não o seriam na sua sociabilidade, e nem no seu equilíbrio psíquico. Então não estaríamos vivendo uma crise social. Ela afeta a todos por igual? Não. Mas ela abala as estruturas sócio-econômicas? Sim. Logo, procuremos entender o processo para descobrirmos qual o nosso papel nele... de adesão, de submissão, ou de resistência e de combate, enquanto procuramos os caminhos para uma nova sociedade.

Quando induzimos o indivíduo a descobrir o "seu lugar" dentro do processo histórico, fornecemos a ele razões de sobra para o seu projeto de vida e o despertar da sua humanidade. A recomposição da sua auto-estima. Receita melhor que esta, para restabelecer a dignidade do homem desempregado, eu não conheço.

Quando você, Marco, faz uso do termo "anomia" como sinônimo de desregramento social, sentido sociológico comum desse termo, para indicar uma situação não muito definida, e, no caso, num sentido quase próximo de definir uma sociedade também destituída de vontade, para identificar uma civilização anômica, eu diria que ele é correto enquanto traduzir falta de ordenamento e de vontade sociais frente aos próprios dramas da humanidade. Ou seja, a sociedade se desregra, mas não age racionalmente, ou age anarquicamente. Mas ela se convulsiona. Por isso a marginalidade ganha espaço. Por isso as ansiedades sobre uma coisa que parece morta, ausente de ação. A anomia – no sentido que você lhe dá – seria o desregramento da ordem social entre um processo histórico exaurido e uma sociedade nova ainda não instituída, como poder e como consciência. No entanto, nesta fase, se a anomia é verdadeira quanto à vivência social, não o é, ainda, em relação ao poder. É verdade que o Estados nacionais, mas sobretudo os periféricos, sofrem um processo de desestruturação, o que acentua mais ainda esse sentimento de desordem social, e de insegurança generalizada, de violência desregrada – já que o monopólio da violência, ou a violência regrada, sempre simbolizou o Estado. Com isto, o Estado, enquanto agente da ordem social, perde a sua mística, e os indivíduos a noção de qualquer ordenamento e a perspectiva de qualquer porvir. Contudo, o poder, enquanto categoria de dominação, concentra-se mais ainda, alimentando-se – numa situação aparentemente paradoxal – das várias sociedades anôicas. Isto porque sobre os Estados paira uma sombra imperial. Ainda não vivemos os estertores do Império, mas vivemos a sua expansão por sobre a anomia das nações, cujos valores, que serviam anteriormente de parâmetros de comportamento e de projetos comuns, orientando, ainda que num sistema aparentemente estável de dominação, os projetos individuais, deixam de existir como tal, perdendo, consequentemente, os indivíduos o seu referencial. Por isso, a crise do indivíduo deve ser posta no âmbito da crise social, mas ainda não na crise do poder.

Está aí o seu sentimento de impotência. Não preciso dizer, evidentemente, o que o termo significa. E um poder só pode ser destruído por um poder maior, numa lógica naturalmente bárbara, que agride a nossa consciência pacífica por acreditarmos em alguns valores morais que os temos como referenciais de civilização, como a noção de democracia no sentido que nos foi transmitida. Daí a nossa "angústia". Desta forma, quais os "referenciais" de uma revolução pacífica, sem a qual não liquidamos a velha sociedade, para dar vida a uma nova civilização que ultrapasse a da "anomia"? E onde buscar esses referenciais – como nos pede o Dr. Ferschtut, – para os indivíduos "agredidos" pela violência de uma sociedade sem regras, onde apenas a competição é referencial de virtude e de valor? E onde, para os derrotados, não há complacência, mas apenas exclusão?

Está vendo, meu caro amigo, a que reflexões você me obriga? A esta altura alguém poderá estar se indagando: mas, o que tem isto a ver com o texto do Dr. Ferschtut? O Dr. Ferschtut quer apenas resolver o drama do homem desempregado. Tem tudo. Quando o Dr. Ferschtut coloca como objeto da sua preocupação a "degradação psíquica do homem destituído do seu trabalho – sem perspectiva de porvir, por que esta, em existindo, lhe serviria de estímulo – ele está tocando no cerne da civilização do trabalho, agora em crise de transição para não se sabe o que, processo contemporâneo que o Marco Aurélio denomina de "civilização da anomia".

Em princípio, não há porque não aceitar essa terminologia dada à sociedade no seu estádio atual, pelo Marco Aurélio, e buscar entendê-la na sua interação com o indivíduo, produzindo nele também um "desregramento de personalidade", não no sentido patológico comum, mas, assim como uma patologia de nova espécie, cuja origem está no próprio "desregramento social", como um patologia social. Porque é disto que se trata. Desregramento de uma sociedade cujo fundamento ideológico não consegue mais justificar-se perante o indivíduo em crise. Se não conhecermos a dinâmica desse processo, não saberemos como superá-lo, e ao texto do Dr. Ferschtut não restará outro final que o da indagação.

Até por esta razão, se alguém estiver esperando que eu dê receitas para recuperar o trabalhador e requalificá-lo para devolvê-lo ao mundo do trabalho, pode desistir da espera. Não farei como aqueles que nos governam, que de manhã prometem empregos e a noite extinguem postos de trabalho. Mas se eu puder contribuir para reerguê-lo como homem, despertando-lhe a consciência da sua humanidade, isto eu farei. Como disse, numa reunião do MHD, o nosso emérito companheiro, prof. Fábio Lucas: "o homem que não tem consciência de si, não pode ter consciência do outro." Ou seja, não pode perceber a essência do mundo que o envolve. Neste caso, antes dele ter sido transformado num "excluído da economia" ele já era um excluído do humano.

Se o mal fosse epidérmico, ou fosse uma epidemia localizada, eu nada teria a acrescentar ao que o Dr. Ferschtut escreveu. Diria que ele está absolutamente correto. Erguer o ânimo do homem despojado para que, restabelecido no seu amor próprio, ele possa voltar ao mundo da produção e, bem ou mal, continuar existindo tal qual existiram os seus pais e avós. No grau da dignidade que a sua consciência conhece. E digo mais, se considerada individualmente, uma pessoa desempregada não vai querer saber de nenhum materialismo histórico, nem desta história de trabalho alienante ou edificante. O que ela quer é um emprego para sobreviver. Já não discute nem mais o salário. E, possivelmente, ela até consiga trabalhar nos interstícios do sistema. Mas será sempre um homem subjugado, decaído desde os seus ancestrais.

Porém, existe uma realidade mundial contemporânea de nova natureza. A tragédia do indivíduo desempregado já não é mais uma questão marginal do capitalismo, que sempre existiu. Transforma-se, agora, numa tragédia social de dimensão mundial. O sistema não pode mais incorporar a totalidade, ou a maioria, da população no seu sistema de produção. Em não o fazendo, aumenta o grau da marginalidade social, aumenta continuamente os excluídos do mundo da economia.

Logo, a análise que estamos fazendo é a de um sistema sócio-econômico em franca mutação, e a situação dos indivíduos que, nessa mutação, começam a ser estruturalmente excluídos. Para estes, o consolo de uma solidariedade, se os conforta, não lhes constroe, no entanto, um futuro. Se quisermos interferir no seu ânimo, a primeira tarefa é a de construir-lhes uma perspectiva de porvir, ainda que seja como propositura, ou um projeto estratégico de longo alcance. Porém nada adiantará, se não lhes despertar na consciência as razões do seu esmagamento, e se não lhes despertar a vontade da transformação. Neste caso, se não podemos devolver-lhes um mundo que está acabando, ao invés de limitarmo-nos a prepará-los como agentes de produção, para uma produção que não mais precisa deles, melhor será prepará-los para serem agentes da transformação, transformando-os na consciência da sua humanidade.

Se não posso salvar-lhes o corpo, tento salvar-lhes a alma. Ou seja: se não posso restituir ao indivíduo a materialidade do trabalho, coisificado na sua mente e na sua subsistência como seu patrimônio e seu mundo, como uma condição sine qua non de estruturação da sua existência, devo, então, procurar "libertá-lo" das amarras ideológicas que o impedem de conscientizar-se de si e da sua humanidade, e da essência do sistema que o oprime e violenta. Mas este é um desafio que não pode ser colocado fora da realidade social em mutação acelerada. Se os conflitos sociais se acirram – acirram-se as formas de luta, e o ressurgir de uma nova consciência social, como resultado do próprio acirramento das lutas sociais, quando um estádio histórico atinge o seu ponto de ruptura. Infelizmente, este tem sido um processo de suor, sangue e lágrimas. Os homens de paz, como nós, com é que poderão interferir nele? Talvez estabelecendo os fundamentos de um novo conhecimento sócio-econômico, ou de um novo pensamento político-social.

Sob este aspecto, faço então uma nova leitura do texto do Dr. Ferschtut. Reconheço que o sentimento de identidade de um homem se altera quando se vê "expulso" de um lugar ao qual estava ligado por suas condições de vida, como trabalhador, por uma inadaptabilidade, não da sua capacitação, mas porque o meio se alterou e o sistema econômico não mais precisa dele como produtor, sentindo-se inútil, "como se hubiese cometido algo malo", e que é, numa terapia de grupo, essencial devolver-lhe a auto confiança, fazendo-o sentir-se participante de alguma coisa dentro da qual se integra, (lo primero que les aseguramos es que no seran despedidos del grupo cualquiera sea el tiempo de demande la elaboracion de su situacion personal de reinsercion). Neste caso, a grande luta é a de impedir que esse desempregado sem futuro caia na nihilidade absoluta. No entanto, o deflagrar dessa luta na mente desse indivíduo transformado em nada na sua consciência e na consciência social, cuja dignidade, nos dizeres do dr., deve deixar de ser um artigo gramatical para se transformar num nome que corresponda a um homem, só será consequente – e o tempo de espera não é infinito – se este homem sentir claro um porvir. Do contrário estará sendo amparado e, até reintegrado momentaneamente na sua identidade, mas, ao final da linha estará sendo reconduzido ao nada. Está claro que não desmereço essas terapias, mas existe uma condição de fundo sistêmico, sem cuja resolução o mal não se extingue. É como tratar o efeito sem combater a causa. Logo, válida para uma conjuntura, ou para uma emergência, ou para um núcleo localizado, no entanto, estruturalmente essa terapia não pode ser guiada pela ideologia do trabalho, não pode ser orientada para a recomposição de um ser-objeto da economia, como seu fim único, quando este fim está sendo descaracterizado pelo próprio sistema que descarta os indivíduos por desnecessários. Por este caminho reproduzimos o sistema de dominação, para o qual nós mesmos não temos respostas. Se o propósito é salvá-lo da degradação, a terapia de grupo, ao dar-lhe o sentimento de integração social, deve levar em conta o seu tempo. Para o desempregado, a persistência do desemprego gera a fome. E, ao homem faminto, como diz um ditado popular, nem Deus embute outras idéias senão as da própria fome".

Claro que louvo o trabalho, tanto do Dr. Ferschtut quanto o do Marco Aurélio. Como diz Marco Aurélio, a sua experiência mostra a sensibilidade que as pessoas tem quanto à sua auto-estima. Mas ele próprio confessa a sua angústia com um drama social, para cuja cura ele se sente impotente, absorvendo em si o drama dessas pessoas.

Digamos que continuem acendendo a sua vela, ao invés de amaldiçoarem a escuridão. Mas, o nosso problema é a própria escuridão. Qual a alternativa? Na lógica do sistema não existe. A não ser na lógica da sua superação. Mas aí nos colocamos na lógica da revolução. Como esta não é o tema deste texto – pelo menos na sua Conceituação – fiquemos por enquanto com a vela, já que, objetivamente, para essa conjuntura eu não tenho receita prática, a não ser apontar o elemento ideológico que ainda condiciona o nosso pensamento e a nossa ação.

Há um dado complexo nessa relação do homem com o trabalho e com a dignidade, já que as dimensões do problema são mundiais. Se o desabar da sua dignidade, ocasionada pelo desemprego, se origina de uma perspectiva sinistra do seu futuro, reerguer essa dignidade significará dar-lhe um novo futuro. Se não temos controle sobre o sistema dominante, e se o sistema dominante não lhe dá mais futuro, que futuro podemos dar-lhe senão criando na sua mente um novo futuro, que seja a antítese do sistema? Mas se esse futuro não for factível, estaremos criando-lhe uma nova ilusão, que precisará de uma simbologia, (como estão fazendo as religiões – velhas e novas – numa dimensão de engodo nunca vista) e que, em não sendo factíveis, o abaterá mais adiante. Logo, o despertar nele a consciência da sua própria humanidade, única origem legítima de qualquer dignidade, e única forma de impedir a sua degradação, passa por uma ação política consistente de quem o envolve num grupo de solidariedade; ou seja, criar um objetivo factível para a ação coletiva, que rompa a dominação ideológica do sistema e crie o seu próprio espaço, através do qual ele pode se inserir na luta social para transformar o ambiente que o aniquilou. E, nesta luta, ele próprio se transformar na sua consciência humana.

A alternativa a isto é a do seu aniquilamento total, a sua descaracterização absoluta, o lumpesinato final, destino para o qual uma massa enorme já está sendo encaminhada. Basta ler os relatórios anuais do Banco Mundial. Existe, ainda, uma outra alternativa, tão degradante quanto esta: o crime organizado também oferece empregos...

(Me diz o Marco Aurélio, "muitas vezes me vejo "sem trabalho". "E "tenho tanto trabalho!!!!" . E eu lhe retruco: E, no entanto, ainda somos tão poucos!!!!)

O texto do Dr. Ferschtut é sucinto e objetivo, pois se atem a uma única questão, e a uma indagação. Mas, debulhado e complementado com o texto do Marco Aurélio, deram-me os dois motivação para toda esta lengalenga.

Então, vamos agora ao documento do Dr. Ferschtut, que vai me permitir fazer um outro estudo da questão do trabalho e da sua relação com o sistema de dominação, sem cuja superação, não resolveremos a tragédia do desemprego estrutural. Aliás, não do desemprego como a antítese do emprego. Mas a tragédia do ser humano excluído do sistema econômico, e, portanto, destituído das condições de subsistência.

Provavelmente, o documento que li tenha me induzido a caminhar, analiticamente, numa direção não pretendida por quem o escreveu, já que o universo ao qual se dirige é específico. Mas não ficarei triste se a intenção do Dr. Ferschtut e a sua, Marco Aurélio, tiver sido exatamente esta, a de provocar o debate numa dimensão para além de um universo meramente pontual, clínico. (A ansiedade que você não ocultou, Marco Aurélio, deu-me esta certeza). De qualquer forma aproveitei a oportunidade para me estender sobre um tema que tem sido objeto das indagações do nosso MHD.

O artigo do Dr, Feschtut deixa claro o seu objeto: o homem desempregado. Consequentemente, o trabalho a que nos vamos referir não é o de uma atividade genérica, mas aquela qualificada como produtiva e que pertence ao mundo da economia. É a atividade do homem que se empregou a alguém ou a alguma corporação – ou foi por estes empregado – vendendo a sua força de trabalho, para, através deste emprego, exercer uma atividade específica – seja de seu agrado ou não, mas sempre determinada pela necessidade de ganhar o seu sustento. E que, esse trabalhador, despojado desse emprego, vê-se despojado, simultaneamente, da sua atividade, do seu sustento, e da sua dignidade de homem.

Temos assim, diante de nós, três categorias compondo uma unidade: o trabalho, como um elemento da economia; o homem como uma unidade do desenvolvimento social, e trazendo em si a história antropológica de todos os homens; e a consciência do ser como resultado da apreensão cognitiva de si mesma e do meio que a envolve, compondo o conhecimento e a experiência deste conhecimento.

Logo, estamos diante de um universo particularíssimo, mas complexo.

Por sua vez, esta complexidade se desdobra, para uma análise do fenômeno contemporâneo, em duas questões básicas que agregam simultaneamente aquelas três categorias: o homem e o ambiente em que vive.

Esta parte já estava quase concluída, quando recebi o texto do Marco Aurélio, juntando Ferschtut e Rezk, para aduzir, corretamente, que "somos seres históricos numa dupla dimensão. Somos históricos individualmente e somos históricos coletivamente." É dentro desta realidade histórica que analiso a ideologia do trabalho, tendo o texto do Dr. Ferschtut por base.

Trabalho e Dignidade. Qual a relação?

Na sua resposta ao meu primeiro comentário, o Dr. Ferschtut apresenta uma excursa à eventualidade dele ter transmitido uma equivocada interpretação no seu texto, sobre o termo trabalho ter-se confundido com a palavra dignidade, como se os dois fossem sinônimos. Não há porque desculpar-se. Está clara a diferenciação. Nem eu os li como sinônimos. Não são.

Mas, este entendimento da dignificação do homem através da sua inserção no trabalho remonta às origens da história moderna, transposto para o senso comum do povo com a expressão de que o trabalho honra e dignifica o homem. E que o mundo acadêmico procura refinar com concepções sociológicas e econômicas. Esse entendimento é diametralmente oposto ao julgamento que os antigos tinham deste tipo de trabalho. Como o Dr. Ferschtut sabe, para toda a antiguidade – que a civilização greco-romana sintetizou – a arte de produzir bens ou serviços – ou seja, o trabalho – era um atividade vil, própria de servos e de escravos. Consequentemente, ninguém se sentiria dignificado como pessoa, nem valorizada ou alterada a sua auto-estima, por estar integrado ao trabalho como o era então considerado, a não ser aceitando a sua subjunção.

A dignificação pelo trabalho, como uma ética religiosa – a distribuição por igual da maldição divina, numa propositura do cristianismo primitivo, ou a acumulação da riqueza pelo trabalho, em que só os "escolhidos" são favorecidos por Deus, como propositura da Reforma, pertence à história moderna. Assim, mais precisamente, a ética social da dignidade do trabalho surge com a hegemonia burguesa que precisou legitimar a sua riqueza e o seu poder. Para a sociedade antiga a dignidade do homem perante o seu espaço social, advinha do poder de guerra que dignificava quem a exercia como conquista e domínio, permitindo-lhe a liberdade do ócio. Por isso, as guerras do passado, além das conquistas territoriais e das riquezas desses territórios conquistados, destinavam-se, também, à apropriação de escravos. A obtenção da riqueza era uma espoliação realizada, sem nenhum trauma moral para quem a executava, pelo exercício puro da violência. O guerreiro submetia o econômico e o saber.

O capitalismo muda a relação. O homem econômico submete e instrumentaliza o guerreiro e mercadeja com o saber. Cria a propriedade econômica e a ideologia do trabalho. Para ultrapassar a ambos, devemos considerá-los no contexto histórico, como partes de um processo universal, para suplantarmos as idéias que lhes dão sustentação. Coloco ambos como se no presente estivessem por igual. As idéias do primeiro ainda subsistem na constituição do poder, como a força de fundo que garante o sistema. A economia tornou-se a senhora da guerra.

Os conceitos que os homens expressam possuem sempre um valor relativo, estabelecido em cada tempo da história, os quais, contudo, interagem com a consciência do indivíduo, determinando a estrutura da personalidade que se identifica também com o seu tempo. Daí, para além da dignificação advinda do trabalho, importa mais a análise da formação da "estrutura psíquica", ou da formação da personalidade advinda da dignificação do trabalho como valor ético da sociedade, já que o artigo do Dr. Ferschtut, com pertinência, aborda a influência do espaço social, normalmente denominado de meio ambiente na formação do caráter do indivíduo: "todos los estímulos com las dificultades que provengan del medio ambiente desde lo socio cultural además de las naturales van a tener efectos sobre el sujeto de acuerdo com la manera en que es elaborada esta relación en la estructura de su personalidad."

A partir de uma ética protestante da formação da riqueza, para lembrarmos Max Weber, embora tal ideologia não se prenda apenas ao protestantismo, mas às próprias características da sociedade burguesa – estabeleceu-se uma relação mística, de dignificação moral do homem que labuta para ganhar o seu pão ou para formar o seu patrimônio, justificando, assim, pelo trabalho a legitimidade do novo sistema de apropriação privada da propriedade ou dos meios de produção.

Formalizaram-se, portanto, uma idéia mística e uma filosofia idealista para justificar a mercancia da energia humana, nesta relação do homem com o trabalho, e, através do trabalho, com a natureza. Para além do fato de ser o trabalho um simples resultado da exteriorização da energia potencial do ser humano, atribuiu-se-lhe, implícita e idealmente, uma essência de coisa que subsiste por si mesma e que traz em si um elemento de consagração de quem a possui e exerce. Essa reificação do trabalho surge quando a mão de obra é transformada em mercadoria. Um fetiche, como diria Marx. Como essa reificação não surge do concreto que identifica o ser, mas é produzida por uma relação histórica de poder que segmenta a sociedade humana, a sua abstração precisa ser configurada como idéia moral e introjetada na mente dos indivíduos. A mente, que a apreende, por indução do meio social, a reelabora como se concreta fosse.

Ora, se introjetamos na mente do indivíduo a idéia da coisificação do trabalho, atribuindo a este um papel de consagração, noção que embutimos no próprio conceito de trabalho ao metê-lo na cabeça do infeliz, este, quando perde o emprego, se vê duplamente despojado: da coisa material identificada no trabalho como patrimônio, e da coisa moral identificada como a sua dignidade. Sem trabalho, como patrimônio, e sem dignidade como identidade, nada a estranhar que este homem, também coisificado, se desestruture na sua humanidade, ainda mais quando pressente que o mundo do qual foi expulso, está desmoronando sobre si mesmo, sem dar-lhe outra alternativa que a da exclusão.

Quando o dr. Ferschtut inicia o seu artigo, com a afirmação de que, para sair da pobreza, nenhuma forma é mais dignificadora e duradoura do que a realizada pelo trabalho, como um esforço pessoal que produz a própria superação do homem e constroe o seu bem estar, – sabendo, evidentemente de que trabalho e de que trabalhador está falando – ele reproduz essa ética econômica, e estabelece uma relação entre o trabalho e a dignidade do homem, como, alias, o faz Kierkegaard quando afirma que "quanto mais baixo é o escalão em que está a vida humana, menos necessidade há de trabalhar; quanto mais alto, tanto mais essa necessidade se manifesta. O dever de trabalhar para viver exprime o universal humano, inclusive no sentido de ser uma manifestação da liberdade. É exatamente por meio do trabalho que o homem se torna livre. O trabalho domina a natureza. Com o trabalho o homem mostra que está acima da natureza". Eis a reificação.

(Destaquei propositadamente as duas afirmações. O antropocentrismo coloca o homem no centro do Universo. Quando foi que botaram o homem acima da natureza? Eu diria que essa noção é de um iluminismo pervertido, que só pode ter forma mística . E desde quando uma subjunção – e o trabalho é sempre uma subjunção, ainda que seja apenas em relação à natureza – amplia a liberdade?)

Também Hegel, a quem Ferschtut se refere, ao afirmar que o trabalho é a mediação entre o homem e o seu mundo, complementa afirmando que só na satisfação de suas necessidades através do trabalho é que o homem é realmente homem, porque assim se educa tanto teoricamente, por meio dos conhecimentos que o trabalho exige, quanto na prática, ao habituar-se à ocupação. Por isso, ao contrário do bárbaro, que é preguiçoso, o homem civilizado é educado no costume e na necessidade do trabalho. (Filosofia do Direito)

(Que o trabalho possua um conteúdo pedagógico – qualquer que seja – , não nego. Mas que tenha uma essência educativa da personalidade, é idealizar um fato que a realidade não demonstra como fundamento. Neste caso, como justificar a alienação do homem através da mercantilização da sua força de produção, ao mesmo tempo que se aliena a sua consciência? A educação tem por finalidade, além da transmissão de conhecimento, a formação integral da personalidade que se expressa no seu desenvolvimento cultural. Neste caso, por exemplo, como explicar que boa parte da atividade produtiva que é essencial para a subsistência da estrutura social, mais embrutece do que educa culturalmente o homem? )

Ora, para mim, essas expressões "morais do trabalho" refletem apenas a pura ideologia edificada por uma metafísica de alienação, que transmuda o homem-sujeito em homem-objeto, transformando-o, na prática, em simples fator econômico – ou, como diria Ricardo, os homens e as nações nada são. A economia é tudo. Assim, o sujeito é o trabalho que opera o homem para purificá-lo, para dar-lhe as características de homem, quando a função de produzir deveria apenas atender as satisfações do homem na sua integridade individual e social.

No entanto, é esse saber alienante - se é que as formulações alienantes possam constituir-se em saber, a não ser na percepção da sua própria falsidade – que permeia todo o universo da civilização imposta pelo Ocidente conquistador. A antiguidade era menos hipócrita.

O marxismo – igualmente produto do Ocidente – também valoriza o trabalho, pela intervenção do homem na natureza, porém como uma relação material que condiciona a percepção do homem, de si mesmo e do mundo, determinando as relações sociais e o comportamento dos indivíduos. Como escreveram Marx e Engels na Ideologia Alemã, "produzindo seus meios de subsistência, os homens produzem indiretamente sua própria vida material". O que os marxistas condenam não é o trabalho em si, como atividade de produção da subsistência do homem e da sociedade, imprescindível enquanto tal, mas condenam a forma alienante dessa atividade que se impõe aos homens – alienando-os também – por fatores históricos que descaracterizam a dignidade da pessoa, logo descaracterizam o valor da atividade produtiva dos homens. E a aviltação do trabalho transparece na aviltação do salário. Transformado em mercadoria, como o homem pode continuar a ser homem? Se o seu valor é determinado pelo mercado e não determinado pela grandeza do seu próprio ser, que humanidade possui esse homem?

Está claro que "quando o homem atua sobre a natureza para mudá-la, muda a sua própria existência, a sua própria natureza", – uma expressão de Hegel que Marx e Engels a incorporarão para a formulação do materialismo histórico, – dá-lhe dimensão humana distinta da dos demais animais, não só na materialidade da sua existência, como na incorporação dessa atividade na sua consciência e transformando-a em conhecimento empírico, cuja acumulação lançará as bases da civilização. Mas este fato, – se cria um espaço distinto do homem sobre a natureza, e se, pelo esforço de dominar a natureza, não só desenvolve as suas habilidades manuais, como desenvolve a própria inteligência, – cria também uma subjunção permanente, dele homem em relação à natureza, da qual se torna parte como uma energia qualificada de transformação da própria natureza – já que a natureza também se transforma por fatores naturais que agem continuamente sobre a sua materialidade. Dessa servidão natural do homem frente a natureza, para sobreviver e para qualificar essa sobrevivência, resultará um embate contínuo do homem para libertar-se dessa dependência, ou reduzi-la. Do conflito com a natureza, para o conflito entre a própria espécie. Disto resultará a civilização, em que alguns se libertam dessa dependência ao custo da redução da liberdade e do jugo dos escravizados. É por isto que para os antigos o trabalho era uma atividade vil. Enquanto a virtude estava na guerra, a forma pela qual alguns se libertavam, e aos vencidos competia trabalhar e realizar a riqueza social. Onde está a ética deste processo?

(Por isso, a atividade manual ou intelectual do homem só é edificante e prazerosa, se ela for exercida livremente, segundo a sua própria subjetividade também liberta de alienações, sem subjugação alguma, nem à própria natureza. Ideal até hoje sonhado. Será factível num futuro próximo, quando as máquinas já estiverem substituindo quase totalmente o homem na produção? Em grande parte sim. Mas, antes, a humanidade terá que libertar a sua própria consciência de qualquer sistema de dominação, introjetado nela por séculos de escravização e exploração.)

A atividade do homem que produz os meios de sua subsistência, para atender às suas necessidades biológicas e subjetivas, em si, essa atividade, é moralmente neutra, é aética. E se, satisfazendo as suas necessidades através da produção dos seus meios de subsistência os homens produzem a sua própria vida material, produzem, também, o seu desenvolvimento social e com ele desenvolvem a consciência social concomitantemente com a percepção individual dessa consciência. Assim, desenvolve-se o conhecimento do ser social a partir da sua própria experiência e da acumulação dessa experiência que desembocará na civilização. Com a civilização há uma segmentação na comunidade humana, entre os que mandam e os que obedecem – para lembrarmos uma afirmação aristotélica e não termos que ficar repetindo a formação das classes – dando origem à formação do poder político que institui os códigos da civilidade e a ideologia social. Com a civilização realiza-se também um distanciamento entre o indivíduo e a "natureza", ou seja, com o seu meio natural primitivo. Se antes, a atividade de produzir respondia a uma necessidade individual que era compartilhada com a tribo, agora, sob a égide da civilização, a necessidade social precede a necessidade individual na determinação da produção. Mas essa precedência social só pode ser atendida – tendo a energia humana como o seu principal fundamento – pela instituição de um poder coletivo, mas não socializado no seu mando. Os que mandam exercem esse poder, usufruem integralmente dos bens produzidos pelos que obedecem, ampliam a sua própria liberdade, e determinam os rumos da civilização; os que obedecem tem reduzida a sua liberdade na mesma proporção em que é ampliada a dos que mandam, e produzem não apenas o seu próprio sustento, mas o sustento do poder e da própria civilização, cujo usufruto pleno só os que mandam gozam.

A atividade de produzir torna-se cruel e não honorífica. O trabalho, na forma como tem sido historicamente exercido, envolvendo a maior parte dos homens e criando dependências sobre eles, subjuga o indivíduo e reduz a sua liberdade e a sua capacidade de realizar plenamente a sua humanidade. Ou seja, de realizar-se plenamente no seu desenvolvimento orgânico e intelectual, distanciando-se definitivamente do animal e do bárbaro. Desenvolvimento que os gregos, por exemplo, idealizaram na perfeição escultural do corpo e na sublimidade da inteligência.

Este homem que obedece e que produz, construindo a historia apropriada por outros, foi chamado de escravo, camponês, servo, proletário, operário, trabalhador, empregado. Com a exceção daqueles que conseguiram escapar ao jugo, e elevar-se acima da sua própria nihilidade, a quase totalidade, no entanto, manteve-se sob a sua descaracterização humana, como peça de uma engrenagem que não domina, porque não a entende, e cuja dignidade resulta apenas da sua sujeição. No entanto, e esta é uma história cruel despida, por natureza, de qualquer ética, sem essa sujeição de um homem a outro homem, como conseqüência da sujeição da ambos à natureza, a civilização não seria construída. O fato de o século XX ter consagrado direitos e amenizado, com as máquinas, os espaços da produção, não alterou o fato da descaracterização humana fundamental do trabalhador, que é a da não liberdade de realizar-se sem subjunções a sistemas que determinam o seu espaço, o seu tempo, a qualidade dos seus prazeres e a formatação das suas idéias, provocando limitações psicológicas à liberdade da sua inteligência. Consequentemente, a concepção de dignidade e de auto-estima que este homem tem é aquela que lhe foi introjetada no seu inconsciente por uma ideologia econômica da qual ele é simples objeto, como produtor, como reprodutor e como consumidor dos bens que ele próprio produz, mas também consumidor de idéias e de símbolos não produzidos por ele, mas que lhe são induzidos por uma transmissão condicionada de informações, que submetem a sua consciência e o seu entendimento. Este homem não é livre. Não sendo livre, não pode ter dignidade.

No entanto, abaixo deste ser produtor, existe outro, cuja humanidade apagou-se completamente da sua consciência, que assume a sua nihilidade e a sua condição de sub-humano, rebotalho social – para usar uma expressão de Marx – e para o qual não existe projeto de vida, como não existe futuro que ele próprio possa criar, pois transformou-se num ser inútil, "como un alimento a quien le han sacado su energia y lo convierteran en fecal", para usar a linguagem do dr. Ferschtut, condição para a qual um quinto da humanidade já está sendo condenada.

Então, qual a origem do desequilíbrio emocional e da desestruturação da personalidade do homem desempregado? A ausência da laboração, edificada na sua mente através do emprego como trabalho coagido, ou a desesperança e o medo desse futuro sinistro? Provavelmente as três razões, que se conjugam na crise da civilização, destruindo o espaço histórico de vida ao qual os homens, e em especial o trabalhador, já estavam condicionados. Porém, o peso da ausência de trabalho vem do seu condicionamento psíquico, mas sobretudo por jamais ter concebido outro sistema social que não o da subjunção ao trabalho, logo, sendo este, o seu único meio de vida, seu único meio social. Não é o trabalho que, necessariamente, lhe faz falta, mas a perspectiva de deixar de existir. Pois, todos aqueles que um dia puderam libertar-se desse jugo, jamais pensaram, por livre vontade, voltar a ele.

Ora, todo moralismo que nasce de uma sofística, não passa de uma ideologia que modela os comportamentos e dá conformação ao social, começando por configurar o indivíduo. Como este processo não surge do nada, nem é determinação demiúrgica, ele então só pode proceder de um processo histórico determinado pelo desenvolvimento material da sociedade como parte do desenvolvimento da própria humanidade, a partir de uma relação de poder entre os indivíduos que a compõe. Desta relação e dos seus conflitos nasce a dominação que o poder simboliza, e com ela o conjunto de idéias a justificar o meio social que submete o indivíduo às imposições do sistema que o domina. (A isto tem-se dado o nome de ideologia.) Com o sistema de dominação, que precisa sempre de uma ética farisaica, forma-se um conjunto de valores sociais que condicionam a inteligência e a emotividade do indivíduo – ou seja, a sua subjetividade – às idéias que sustentam o próprio sistema de dominação. Criada uma psicologia social em relação com a formação de uma inteligência social, a saúde mental do homem fica dependente, nas suas emoções e nos seus humores, às flutuações do sistema social que o coage e condiciona. Deste modo, no limite da existência do indivíduo, a imposição de valores morais, que regulamentam a sua própria subsistência, acabam determinando, não apenas a sua forma de pensar, mas determinam, também, os seus prazeres e as suas dores, as suas ansiedades e os seus desejos, os equilíbrios e desequilíbrios da sua vontade, enfim, as reações emocionais da sua subjetividade. Esses valores condicionantes terminam circunscrevendo um limitado espaço de liberdade, dentro do qual o homem se debate nas suas crises. Esses valores introduzidos subconscientemente na mente do ser, através de um processo que poderíamos chamar de psicologia social, ordenam o padrão da sua individualidade. Ao mesmo tempo em que modelam, assemelhando-as, as idiossincrasias.

Para felicidade nossa e esperança geral dos homens, esse processo nunca é socialmente absoluto. Fosse socialmente absoluto, a idiotice estaria presente ao final da história humana. A sociedade simplesmente pararia de se desenvolver. Logo, a sua dinâmica corresponde à própria dinâmica social no seu movimento dialético.

A ideologia do trabalho é parte dessa ideologia sistêmica, funcional. À ideologia do trabalho corresponde um ética social. No processo histórico-social, ambas introjetam-se na mente dos indivíduos, criando valores de subsistência e valores de comportamento. Abalado nesses valores o indivíduo paralisa-se. Sob este aspecto, o Dr. Ferschtut está certo ao afirmar que "la dignidad y la autoestima son partes del mismo proceso de aprobacion de próprio superyo, proyectado en el medio social en un lenguaje inconsciente, de manera que la culpa que acompaña a esas situaciones tiene una accion paralizante y en relacion com el trabajo de duelo." (Afirmação contida na sua resposta ao meu primeiro comentário) .

Pois então, até em razão deste conhecimento, que o Dr. Ferschtut expressa bem, – e até estimulado por ele – justifico a minha crítica originada pelo primeiro parágrafo do seu artigo sobre a valorização do trabalho na constituição da dignidade e da auto-estima. Não à introdução em si, que isolada não teria maior significado, a não ser a afirmação de uma expressão corriqueira. Mas como premissa de um escrito cuja conclusão já vem induzida pela própria premissa, ou seja, pela reincorporação do indivíduo ao seu meio natural de trabalho, supostamente requalificado para o mercado que o expulsara e que era o seu ambiente. O meio que dava a esse indivíduo dignidade e auto-estima, por permitir-lhe trabalhar – a forma mais sublime de dignificar-se já expressa pela introdução do seu escrito. E confirmada na seqüência: "capacitar a las personas para el trabajo es colocarla en la ruta de su própria dignidad asi ...". Ou seja, novamente a dignidade do homem como preparação para a sua inserção, ou reinserção no mundo do trabalho, exatamente o mundo que o oprime. E que o está expulsando. E que não vai mais poder dar-lhe guarida, quando esse mundo do trabalho, na forma social em que se instituiu, entra em crise sistêmica.

O fato de estarmos aqui discutindo esta questão, e a necessidade desse assistencialismo psicológico ao homem desempregado, - na dimensão que começa a assumir – expresso pelo artigo do dr. Ferschtut e pelas legítimas preocupações do Marco Aurélio, que, por todos os motivos, principalmente o humanitário, é sempre muito louvável, comprovam a profundidade dessa crise que abala violentamente a civilização. É uma crise estrutural que revoluciona as bases da economia e que, consequentemente, modificará profundamente as estruturas sociais... para o bem ou para o mal, dependendo da qualidade dos conflitos, do seu desenrolar e da sua conclusão. Mas esta é uma outra discussão que não cabe nesta análise. Porém, aqui estou indo para além do texto do Dr. Ferschtut, aproveitando a deixa que me deram.

A diferença entre o desempregado de hoje e o de ontem, é que este compunha uma reserva de mão de obra relativamente pequena, e cuja perspectiva de inserção no mundo do trabalho tinha consistência, alimentando-lhe as esperanças. Era a época em que o Estado incorporava o trabalhador, dava-lhe direitos, e acenava-lhe com políticas de pleno emprego. O desempregado de hoje não compõe um exército de reserva mas vai compor uma gigantesca massa de excluídos, cuja consciência do fato tira-lhe a perspectiva de futuro, destroe seu projeto de vida. E o Estado não pode mais garantir-lhe coisa alguma, quando a concentração da riqueza produz a concentração do poder e a difusão da miséria. É este o quadro que assusta o desempregado até o limite do pânico. E que angustia, com razão, o Marco Aurélio e o Dr. Ferschtut. E que dá configuração nítida à civilização da anomia, que o Marco introduziu para nossa reflexão.

Claro que o Dr. Ferschtut faz referência a outras formas de se sair da pobreza, fortuitas algumas, como diz. Mas a precedência para a formação da auto-estima e da dignidade ele a atribui ao trabalho. Embora numa concepção genérica, mas que, efetivamente, tem como centro aqueles que se integram no mundo da produção, pela venda da sua energia física ou intelectual. Que se tornam empregados – herdeiros de antepassados que haviam sido escravos ou servos, em todo caso sempre coagidos. Trabalhadores que constróem a riqueza que sustenta a sociedade e para os quais são criados valores morais para esta injunção, além das determinadas pela simples necessidade de viver destes homens. Ao separar alguns desta injunção, ficamos colocados diante de uma dualidade social que é real: aqueles que possuem riqueza não advinda do seu trabalho direto e cuja dignidade ( excluo, por economia processual, aqueles que fazem fortuna através da grande organização criminal e da corrupção do poder, e cuja dignidade ou auto-estima pouco afeta os seus humores, a não ser quando fracassam na prática do crime – de resto, qualquer fracasso afeta qualquer homem) e estabilidade emocional é produzida pela própria posse da riqueza, que lhes amplia a liberdade e a auto-estima, e aqueles cuja dignidade e estabilidade emocional advém da sua inserção ou não no mundo do trabalho. E o centro da sua preocupação – e acertadamente quando analisa a angústia desses indivíduos – são os homens do segundo grupo, cuja atividade e sobrevivência dependem de terem ou não um emprego, e que agora estão sendo afetados por um processo acelerado de exclusão do homem do sistema mundial de produção. O homem, enquanto energia produtiva e massa trabalhadora, está sendo substituído pelas máquinas e alijado do sistema. Se antes ele era um subproduto da economia como um dos seus objetos e como uma peça mecânica viva de uma máquina morta, à qual ele se subordinava adaptando os seus movimentos, agora, na era da robótica, esse homem está se transformando num marginal do sistema, cuja reinserção torna-se cada vez mais problemática. Inservível para o sistema, torna-se um ser inútil, descartável pelo universo da nova dominação. Sem dúvida, alijado, ele deixa de ser ou de existir. Destituído da dignidade social, – pelo menos do modelo que essa sociedade instituiu – esse homem despoja-se da dignidade pessoal.

Quanto a isto, à descaracterização humana do trabalhador destituído do seu meio existencial, não discordo da análise feita pelo, Dr Ferschtut,. A grande questão, – que, alias, ele a coloca como uma indagação ao final do seu artigo – é a da reintrodução desse homem à sua própria humanidade. No entanto, será possível garantir ao homem desempregado essa reintrodução ao homem através de uma nova alienação na sua essência, a que se dá o nome de requalificação para o trabalho, simplesmente com o estímulo psicológico ao renascimento da sua dignidade, quando nem eu, nem o Dr Ferschtut, nem Clinton, nem o Fernando Henrique, nem o Menen, nem a maioria moral, nem o Estado podem mais garantir-lhe emprego algum, ou seja, um retorno à atividade que era tida como a razão da sua dignidade? Cerca de um bilhão de desempregados ou sub-empregados no mundo, segundo a OIT, atestam isso.

Se o mundo do trabalho está sofrendo acelerada transformação estrutural, com a mudança do seu perfil tecnológico e a redução drástica da massa trabalhadora, por desnecessária como energia produtiva, não deve também a psicologia do trabalho mudar? Não é meu ramo. Por isso eu gostaria de ouvi-los, Marco Aurélio e Dr. Ferschtut. Parece-me que o que estão fazendo indica essa tendência...

Para além do trabalho

(Este último tro-lo-ló não me foi pedido, mas...)

Embora o texto do Dr. Ferschtut tenha um tema específico, qual seja, o do campo da psicologia do trabalho – mais próprio da psicanálise quando ele se refere ao superego no trato da condição psíquica do trabalhador desempregado -, no entanto, ao indagar ele, no final do texto, onde se buscar os referenciais de identidade que permitam a esse homem, despojado deles por ter sido despojado do seu emprego, reerguer-se como homem pela valorização da sua auto-estima, vemo-nos na necessidade de analisar dois fatos aparentemente distintos, mas que objetivamente ao se integrarem através da interação social, estabelecem entre si uma contradição que só pode ser resolvida, ou pela absorção de um pelo outro, ou pela destruição de um deles. Um é de fundo sistêmico, estrutural; o outro é dinâmico, emerge do movimento natural da energia do universo em processo de transformação contínua, transformando as formas para adaptá-las a cada situação contemporânea real. Quando esta energia, interagindo no processo social, cria acumulação de forças e pontos de ruptura, que atingem as estruturas de um sistema sócio-econômico, configurado na mente dos indivíduos como se fosse uma forma estática da configuração social, e alteram as condições que deveriam ser normais e estáveis do ambiente sócio-histórico, então as condições contemporâneas já alteradas na subestrutura, abalam a estabilidade existencial dos indivíduos, abalando, em conseqüência, a estabilidade psíquica das pessoas que estiverem no fulcro da transformação sistêmica. Normalmente a massa subjugada, que é a massa de sustentação do sistema. Isto no primeiro momento. Na seqüência, a intensidade com que essa massa se movimentar, vai alastrar a crise para a totalidade do organismo social. Desregula-se a sociedade. Eis a anomia. (Está vendo, meu caro Marco Aurélio, como você sabe das coisas e não precisava me provocar...)

Desta forma, existem dois fatos que se interrelacionam por uma contraposição: a) um é o da substrutura psico-social historicamente consolidada através dos valores de comportamento; b) o segundo é o do conflito entre essa substrutura psico-social, ainda viva e atuante na mente dos homens, e o emergir de um novo ambiente sócio-econômico que não mais coincide com aquele ambiente simbolizado na consciência. O novo ambiente sócio-econômico agride – ou contrapõe-se, como se queira – a substância psico-social, ainda configurada como comportamento, inadaptando-a ao sistema em transformação. Aos dependentes da velha estrutura material sobra-lhes a crise existencial, enquanto a transição não cumprir o seu desiderato, incorporando-os ou excluindo-os definitivamente.

A humanidade vive este momento? A crise estrutural que afeta a sociedade contemporânea e que tem contornos de uma crise da civilização, isto é, a civilização no seu ponto de ruptura, diz que sim.

Desta forma, estamos diante de uma contradição gnosiológica: de um lado a sociologia do trabalho, na sua compreensão histórica, e a sua relação com a consciência dos homens, formatando a personalidade, criando o espaço para a psicologia do trabalho e constituindo o psiquismo funcional do trabalhador. Do outro, os novos elementos materiais de reestruturação sócio-econômica que alteram o funcionamento real da sociedade e a percepção desse novo real, a exigir uma nova gnosiologia, que apreenda a nova realidade, a digira e a transforme em conceitos inteligíveis, para que estes reconstituam a consciência social sobre um novo saber – se é que posso usar essa formulação, por falta de uma mais apta – para readaptar o indivíduo a uma nova história.

Estamos, portanto, perante a necessidade de formação de um novo conhecimento sociológico, e, a partir dele, a revisão das ciências do homem.

Ora, ante a crise estrutural, que afeta as relações sociais e produz nos indivíduos afetados por essa crise um sentimento de decadência irreversível, se não houver uma ruptura dessa velha relação sociológica, dessa gnosiologia da servidão, dessa dependência sistêmica que permanece encastelada na consciência social e na mente dos indivíduos, não haverá solução para o dilema do trabalhador despojado do seu trabalho, por ter sido despojado da sua funcionalidade na forma psíquica com que ela foi introjetada na sua mente.

No entanto, a ruptura dessa alienação é dependente de um elemento histórico material, da sua influência sobre o comportamento objetivo dos homens e da formação da sua subjetividade. Então são duas questões, a segunda dependente da primeira:

  1. Uma estrutura cibernética de produção que liberte o homem do trabalho alienante;
  2. Uma socialização do conhecimento, que se transforme numa ação cognitiva de destruição (infelizmente este é o termo) dos elementos atávicos que, historicamente, foram introjetados no inconsciente ( inconsciente ou superego, numa homenagem aos nossos dois queridos psicanalistas) do indivíduo, condicionando a sua vontade e as suas emoções. Portanto, um sistema psico-pedagógico que liberte o indivíduo das injunções ideológicas, ampliando-lhe a liberdade de pensar e de querer. Observem que não falo da simples escolaridade, nem da transmissão metódica das informações acadêmicas. Mas da socialização do conhecimento como fator de democratização do poder. É desta forma que colocamos esta questão no manifesto do MHD. (Uma propagandazinha nunca faz mal. Dependendo da propagando, naturalmente.)

Como vemos, coloco esta questão no âmbito do processo histórico, sustentada sobre uma materialidade concreta. A nossa tarefa tem a ver com a percepção correta do momento histórico que vivemos e da adaptação da nossa ação, que seja coerente com este momento como força social agregada, suficientemente poderosa para romper a dominação histórica. (Naturalmente, os dominadores – e este é um conflito social – agem para conservar essa dominação).

(Entender o momento da história e compreender a ação que ela exige, são fatores essenciais para uma intervenção consciente sobre a própria história, que sempre foi tarefa natural dos homens. Lenine e os bolchevistas julgaram poder dar uma nova consciência ao trabalhador – sobretudo ao homem russo -, através de uma ação educativa do partido, da ocupação dos aparelhos ideológicos do Estado, e da tomada do poder. 70 anos passados mostram que fracassaram. Primeiro, porque as condições objetivas da materialidade histórica (para usarmos um jargão marxista) não estavam presentes. Para a produção social ainda havia a necessidade da subjunção dos indivíduos ao trabalho. E em grande quantidade. Consequentemente, continuava a haver a necessidade de mandantes, para organizarem e controlarem a produção, e de mandados para produzirem os bens necessários para a estrutura do poder soviético. Segundo, emaranhados no poder, eles próprios foram enredados pela ideologia do poder. E ai, acabaram reproduzindo o passado das nações capitalistas ocidentais, lançando as bases da Rússia atual. Ou seja, nem os leninistas puderam libertar a sua própria consciência da condicionante histórica em que se formaram. Esta é uma lição da história que não podemos esquecê-la. Nem por isso, a ruptura da consciência atávica deixa de ser uma necessidade para a formação de uma nova consciência social. Porém, como realizá-la? É para esse objetivo que devemos dirigir a nossa capacidade de pensar.)

Observemos o mundo à nossa volta. Estamos diante de uma nova realidade, carregada de uma energia processual – e quando falo em processual é porque vejo o Universo como um processo, um movimento permanente de transformação. E a humanidade como parte desse processo, que possui momentos de equilíbrio, e momentos de ruptura pelo adensamento da energia. Assim é o processo social, dentro do qual o homem só pode ser compreendido como uma unidade dinâmica desse processo. A sua consciência também.

Quando você, Marco Aurélio, escreve que me vê dizendo: "não se esqueça, a luta tem uma perspectiva mais ampla. Não podemos só pensar em libertar o homem de suas mazelas presentes, precisamos pensar historicamente, a longo prazo, e não esquecer que a luta tem uma dimensão mais ampla, que pressupõe a libertação do homem do jugo da exploração" você faz uma afirmação verdadeira. Somente a partir de uma visão universal do homem e da sua história, poderemos compreender o processo social e sua dinâmica. No entanto, nós também fazemos parte desta história e desta luta. Importa capacitarmo-nos para ela. Nas crises, o homem se abre para a sua transformação, como sua única alternativa de continuar existindo. Será preciso, então, conhecer a qualidade e o alcance da transformação, e de quais elementos de escravidão deve-se libertá-lo e libertarmo-nos com ele. Sem dúvida, as amarras ideológicas são as primeiras que devem ser rompidas. A ideologia do trabalho é uma delas.

Porém, este não é um embate fácil. O grande combate, se quisermos ser protagonistas dele, dar-se-á – afirmo que já está se dando – no campo da inteligência. E o resultado desta luta marcará as próximas gerações. Mas, combater quem, e em torno do que?

Se a ciência, como indutora da tecnologia, tornou-se "a revolucionária da produção," ela, enquanto conhecimento, tornou-se, também, um dos elementos básicos do poder. Logo, o conhecimento tornou-se poder, e, consequentemente, tornar-se-á também revolução. Ou, pelo menos o caminho para a revolução social, já que quem controlar o poder da ciência, controlará o próprio poder. E sem a socialização do conhecimento – que passa pela desideologização (palavra complicada essa) da consciência do ser – não há democratização do poder, vale repetir. E sem essa democratização o trabalho de solidariedade aos infortunados nunca terá fim. (Neste caso, o Dr. Ferschtut e o Marco Aurélio nunca ficariam sem "trabalho".)

Vejam vocês, meus caros Marco Aurélio e Dr. Ferschtut, que sempre estão mais bem informados do que eu, o grande desenvolvimento das ciências ocorrido neste século, particularmente após a segunda grande guerra, desenvolvimento este que "revolucionou materialmente" a base de sustentação da civilização, em todos os sentidos, sobretudo na rapidez do intercâmbio das informações. Mais particularmente, observemos o desenvolvimento da ciência do corpo. A decodificação do código genético permite à ciência intervir diretamente no desenvolvimento do indivíduo, podendo até determinar as suas característica orgânicas e de personalidade. A ciência biogenética está a um passo da criação do super-homem. Mais poderosa ainda é a perspectiva da chamada ciência cognitiva, que alguns passaram a chamar de "a nova ciência da mente", envolvendo várias ciências, particularmente numa interação entre a cognição, as neurociências e a informática. Durante a 47a reunião da SBPC, em 1995, um cientista brasileiro apresentou um equipamento – o microscópio de infravermelho – por ele desenvolvido, que fotografa o momento em que células nervosas se comunicam, transmitindo informações entre si. É o começo, nas palavras do cientista, do entendimento das condições que permitem ao indivíduo pensar. Da mesma forma que a decodificação do código genético permite a intervenção da ciência no desenvolvimento orgânico, a decodificação do sistema de pensar, permitirá a intervenção exógena sobre o ato de pensar. Com um pé ainda na ficção, mas o outro já solidamente fincado na realidade, a conexão entre um chip de carbono e outro de silício, com a possibilidade de desenvolvimento de células nervosas no chip, poderá dar ao homem uma outra capacidade intelectual. Mas poderá também condicioná-lo ciberneticamente, superando o atual condicionamento psicológico. Ou como disse na época o sr. Peter Cochrane, chefe dos laboratórios da British Telecom: "A ponte entre a memória de carbono e a memória de silício será a chave do elo homem-computador." Pode-se imaginar o tremendo poder dessa ciência. Então fico aqui a imaginar – e provoco os meus dois ilustres psicanalistas -, como a psicanálise tratará um cérebro neuroeletrônico, (ou neutrônico, para simplificar) cujos impulsos recebidos do exterior podem não apenas controlar, mas até neutralizar os impulsos naturais da libido? Como relacionar-se psiquicamente com uma mente, cujos pensamentos e humores, podem não apenas ser controlados, mas também induzidos exógenamente.? E como um psicanalista neurológico se relacionará com essa mente neuroeletrônica? E a psique, ficará perdida no passado como curiosidade arqueológica?

Por ai, meus caros mestres, fica claro que poder estará em jogo, e qual é o sentido do combate no campo da inteligência, nos espaços do conhecimento.

Parece-me que fui para além do solicitado. E fui, pela oportunidade que me deram. Coloco estas questões, porque elas subjazem ao contexto social. Sem a sua compreensão, e da ordem que estabelecem, fica ininteligível a ação dos homens entre si e sobre si. E o entendimento do drama humano acaba restrito às tragédias individuais, ou aos conflitos epidérmicos naturais em toda sociedade. Sem essa compreensão de fundo, até mesmo o estudo da psique humana acaba restrito às relações imediatas da libido nos impulsos do indivíduo, e à capacidade ou não, desse indivíduo atender a esses impulsos; ou da influência dos seus instintos primários no seu comportamento social, sem que destes fatos – e do seu conhecimento – possam gerar-se ações coletivas inteligentes que transformem o universo social, e, em conseqüência, agir no desenvolvimento da personalidade.

Enfim, sem o conhecimento das leis que regem o mundo social – tarefa que vários pensadores do passado, sobretudo Marx e Engels, procuraram realizar – não conseguiremos mudar o mundo social. Sem a mudança estrutural do mundo social, o universo do indivíduo será sempre restrito e restritivo, quando o impulso natural de cada ser é a ampliação do seu próprio espaço e da sua própria liberdade. Logo, a redução dessa liberdade é o constrangimento da individualidade, a redução da própria personalidade. (O equívoco praticado pelo marxismo-leninismo nesta questão, entre outras coisas – mas esta era básica – pôs a perder a experiência soviética.)

No entanto, alguém poderá argumentar que o mundo social é imutável e que o poder é parte dessa imutabilidade. Apesar do fracasso soviético, que havia acenado com uma transformação radical da sociedade, ainda assim, não é isto que a história mostra. E se há uma continuidade lógica no desenvolvimento social, é porque existem leis universais a regerem esse desenvolvimento. Conhecê-las – embora tendenciais – permitirá uma ação consciente sobre o desenvolvimento da própria sociedade, e, dentro dela, o desenvolvimento integral da personalidade humana.

Pois o processo de desvalorização humana do trabalhador não atinge apenas o proletário no seu sentido mais rudimentar, mas atinge toda uma época e toda uma classe ligada ao mundo do trabalho, quer ele seja manual, quer ele seja intelectual. Neste caso, a situação torna-se mais grave ainda, pois além da sua desqualificação funcional, o trabalhador intelectual vê-se despido da sua própria intelectualidade, sente-se despojado do seu saber, quando o saber já havia adquirido "status" de vida, qualificação social, parceiro do poder.

No entanto, não avançaremos no nosso conhecimento, sem avaliarmos o alcance do comprometimento do saber com o poder. Entramos numa questão ideológica de fundo, com a ideologia do trabalho como subsunção da ideologia do poder. É a relação econômica do intelectual, enquanto trabalhador, com os senhores do poder, enquanto patrões. Para citar alguém insuspeito, reproduzo a sua afirmação: "Um economista que trabalha para um grande banco, dificilmente tira uma conclusão que fira os interesses do banco, tais como são compreendidos por seus patrões." (Galbraith – "A Economia ao alcance de quase todos.). O condicionamento do intelectual é a subjugação do saber. Associado ao poder e "ideologizado" pelo poder, o pensamento acadêmico transforma-se num saber oficial, cujo psiquismo conspícuo transfere-se para o senso comum como valor de conhecimento, como algo hermético, criando a mística do saber supra-social, que transita ideologicamente para a consciência social e desta para a consciência do indivíduo, cuja inteligência, ou a sua capacidade de discernir, fica assim adstrita à fórmulas e métodos pré-elaborados. Cria-se, desta forma, a concepção do saber como poder, que, retornando do meio social para o meio acadêmico, como valorização do próprio saber, acaba induzindo uma formação psíquica "acabada" do acadêmico. Desta forma, o pensamento transforma-se em "conhecimento conservador" e distancia-se do social em transformação. Esta alienação da inteligência sempre serviu ao sistema de dominação, que a manipula até que a sua própria reforma permita a reforma do conhecimento. Consequentemente, uma nova teorização independente das estruturas acadêmicas – ou do oficialismo intelectual – adquire características heréticas. E toda "boa heresia" é aquela que, não perdendo a perspectiva histórica do desenvolvimento humano, conserva o leito natural do conhecimento substancial acumulado pela humanidade através de gerações de pensadores, mas rompe com as suas formas ideológicas que congelam o ato de pensar.

É assim que as Universidades se transformam em aparelhos ideológicos do sistema. Se as ciências exatas podem ter maior autonomia de desenvolvimento, embora até elas tenham que romper condicionamentos culturais para avançar – já que as leis do Universo são impostas pelo próprio Universo, – o mesmo não ocorre com a ciência do homem, cuja manipulação acaba criando um conjunto teórico através do qual o pensamento culto se expressa apenas na reprodução daquele repertório culto, – único a simbolizar o culto. Assim, o saber acaba prisioneiro da própria metodologia que cria, sem a qual, no entanto, não pode reproduzir-se. Embora permita espaços de contradição que ficam circundando a essência, os seus parâmetros, no entanto, delimitam o saber. É por isso, que cada tempo tem a sua filosofia e as suas contradições, embutidas ambas no conjunto de valores condizentes com esse tempo. Assim, a história do pensamento condiz com a história social, reproduzindo-se mutuamente e mutuamente reproduzindo-se na consciência dos indivíduos e formando com estes a consciência coletiva. O substrato de cada tempo e de cada povo. A história do pensamento é, também, uma história da luta permanente entre o pensar ousado, inovador, e o pensar consagrado, estático e servil.

Se cada tempo tem o seu conhecimento e a sua consciência, um novo tempo só se instalará quando um novo conhecimento formar um nova consciência, "suplantando" o conhecimento e a consciência do tempo que passou.

Como vemos, a questão da dignidade e da alienação do trabalho, além de ampla, é complexa. Se a simplifico na indagação que agora faço, a simplifico para provocar. Se me permitem a ousadia de opinar sobre um terreno que não é meu – já que me instigaram -, indago: não é chegada a hora das ciências sociais e das ciências do homem, enquanto unidade do social, revisarem-se a si mesmas?

Para exemplo, vejamos a questão objetiva colocada pelo documento do Dr. Ferschtut: a concepção da dignidade humana advinda do trabalho. Ora, se o mundo do trabalho sofre uma transformação radical, com a mudança estrutural do sistema de produção, e deixa de existir na sua forma histórica de um tempo que passou, não deve aquela concepção que pertence a um mundo que começa a findar, findar-se com ele??

A você, Marco Aurélio, um grande abraço. Transmita ao Dr. Ferschtut os meus respeitos. Terei prazer em um dia conhecê-lo pessoalmente. Aos demais do Inteforum as minhas saudações. Perdoem a minha demora e a minha extensibilidade. Antonio Rezk

Texto transcrito do Fórum Interpsic, debate ocorrido via e-mail entre agosto e setembro de 1999.

Antônio Rezk é Coordenador nacional do MHD – Movimento Humanismo e Democracia, Diretor do IPSO – Instituto de Projetos e Pesquisas Sociais e Tecnológicas, formado em Estudos Sociais, ex-vereador de São Paulo, ex-deputado estadual de SP.


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